La izquierda muriendo en Sudamérica

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La izquierda muriendo en Sudamérica

Por: Miguel Alejandro Rivera

Hace ya tres años que, víctima de cáncer, el comandante se marchó. El tipo que en vida venció a la prisión, a los políticos de derecha, a los intentos de golpes de Estado y que encaró al gobierno norteamericano, entonces comandado por George W. Bush, falleció un cinco de marzo para darnos otra muestra de que el destino ineludible del hombre es la inexistencia.

Hugo Rafael Chávez Frías fue, sin duda, uno de los políticos más influyentes de la época contemporánea; más allá de si se simpatiza o no con su administración, sus ideas y sus formas, no se puede negar que siempre será uno de los grandes responsables por la explosión de la bonanza de la izquierda en América Latina.

Después del estancamiento de la Revolución Cubana, el triunfo del venezolano en 1999, trajo para la izquierda sudamericana la frescura y esperanza que muchos pueblos herederos de las dictaduras militares del Siglo XX necesitaban. Poco a poco los nombres iban teniendo mayor presencia en las distintas naciones, hasta crear bloques de poder que parecían una especie de materialización del sueño de Simón Bolívar: una América unida.

Rafael Correa en Ecuador, Néstor Kirchner en Argentina, Michelle Bachelet en Chile, Lula da Silva en Brasil, Tabaré Vázquez en Uruguay, Evo Morales en Bolivia, Manuel Zelaya en Honduras y Fernando Lugo en Paraguay (quien terminó con una hegemonía partidista en su país similar a la del PRI en México), son algunas de las figuras que, “peligrosamente”, reformaban un territorio antes dominado por militares y dictaduras auspiciadas por los Estados Unidos.

Hubo un tiempo en que, por extraño que parezca, varios de los mencionados líderes fueron atacados simultáneamente por el cáncer, lo que incluso llevó a pensar en un plan de las potencias para desaparecer la oleada de tendencias socialistas al sur del continente; sin embargo, es hoy que la izquierda en América Latina está más endeble que nunca, y a tres años del deceso de aquel que abrió la puerta con su movimiento en Venezuela, también la bandera política que tanto apoyó muere lentamente.

Este fin de semana Lula da Silva fue detenido en Brasil por presunta corrupción durante su mandato; Evo lucha en Bolivia contra un muy reciente “no” en el referéndum que realizó para cambiar la constitución y poder reelegirse nuevamente; Mauricio Macri, en un par de meses ha destrozado lo que los Kirchner habían logrado con la Ley de Medios, y elevó el costo de la electricidad y el gas en Argentina hasta 500%, además de crear claramente una crisis en la ahora oposición de su país con la más reciente información sobre el caso Nisman, cuyo posible asesinato vincula a un grupo cercano al gobierno de Cristina Fernández; y qué decir de Maduro, quien desde que dijo haber escuchado al difunto Chávez en el piar de un pajarito, demostró que la revolución bolivariana tenía los días contados.

El poder es uno de los factores más atrayentes para el género humano: todos quieren tenerlo e imponer su voluntad. En la historia moderna, izquierda y derecha se han disputado el dominio del mundo con dos planes de nación diferentes. Aunque en la teoría los pensamientos de izquierda parecen más cercanos a la justicia social, vemos grandes proyectos como los sudamericanos que se desmoronan.

La derecha invierte millones de dólares en propaganda negativa contra estos movimientos y, con campañas de miedo o golpes de estado encubiertos, los derrumban como fichas de dominó. Si las sociedades del sur estaban avanzando con los proyectos de izquierda, ¿por qué parecen tener los días contados?

Quizá debamos afrontar estos procesos de “muerte” con las ideas del filósofo Herbert Marcuse, en una época que parecía ser de vivas izquierdas y que se van debilitando. El pensador alemán proponía el proceso de la muerte no como una cuestión biológicamente negativa, sino como un fin ontológico capaz de ser dominado por el hombre.

La visión entonces ante esta caída de la izquierda latinoamericana podría ser más bien de aceptar que debe venir un proceso de cambio para mejorar la propuesta progresista, pues se ha de aceptar que varios líderes con tendencias socialistas incurrieron en vicios muy similares a los de cualquier político común. A final de cuentas, la revolución, tomada como cambios de fondo en los procesos históricos, es el motor de las ideas izquierdistas.

Dice Marcuse “el hombre solamente es libre si ha conquistado su muerte (…) de no ser así, la muerte sigue siendo sólo un límite inconquistado para toda vida que sea algo más que vida orgánica”. Es probable que el progreso sólo sea posible luego de trascender la muerte del líder, la caída de los proyectos fallidos y la seducción por el poder, que, por ejemplo, frenaron procesos tan ambiciosos como el Comunismo en Rusia.

Sócrates veía a la muerte como el comienzo de la verdadera vida, pues la destrucción del cuerpo no aniquila el espíritu. Bajo esta visión, lo importante y el reto será mantener la esencia de la izquierda con vida, ante la clara crisis que vive.

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