Los silencios del periodismo en México

octubre 25, 2017

Peniley Ramírez

Hay silencios que lloran, que saben a vómito, a alcohol, que huelen a sangre, a insomnio. En esos silencios está la soledad de quien debe poner sus dedos, su lengua, en reposo, guardar sus mejores historias donde nadie las vea, dejar su casa, echar en una maleta todos sus recuerdos y andar el camino lejos de su tierra para sobrevivir.

La soledad de estos silencios está llena de ruidos. La voz amenazante de un desconocido al otro lado de la alerta de un radio, los gritos en mayúsculas, con faltas de ortografía, de un operador político en un mensaje de texto, tu nombre escrito en letras grandes y redondas como la próxima víctima en una manta que pende en plena calle, la pólvora   de una granada explotando en una sala de redacción.

Otras veces, el preámbulo de ese silencio son voces de policías que anuncian una detención. El pretexto puede ser, como en el caso de Pedro Canché, en Quintana Roo, una acusación de sabotaje. O los botones de pánico que jamás funcionan, las llamadas de los pocos que se interesan en saberte vivo, los regaños de un jefe que privilegia un convenio de publicidad sobre la vida y el trabajo de un periodista.

Uno de los silencios más terribles es el que sigue al ruido seco de la voz de un colega advirtiéndote las reglas. Esto no debes publicarlo, tú sabrás si te metes en problemas. Traidores, les llaman unos. Otros dicen que hay que mirarles a la cara, entender sus razones, la precarización de sus sueldos, el miedo que también a ellos les llevó a aceptar la doble función de periodista y agente de relaciones públicas del narcotráfico, de los políticos, de ambos.

Este concierto de ruidos y miedo es el libro Romper el Silencio, que editaron Alejandro Almazán, Daniela Rea y Emiliano Ruiz Parra. Un coro de 22 voces dibuja allí paisajes de tierra seca, de azul profundo, de intensa lluvia, montañas y valles, de frontera norte y frontera sur.

En todos flotan, como boyas en un acantilado, tres ejes comunes: el miedo, la culpa y el silencio.

Creo que la culpa es el hilo conductor en esta serie de relatos contados de la periferia hacia el centro de México, sobre qué significa ser periodista en un país donde la muerte es barata y se consigue sin muchos preámbulos.

La culpa por jurarle a un jefe narco que no se escribirá más sobre los crímenes, por silenciar el periodismo de investigación en una ciudad después de la desaparición de un compañero, por irse a vivir lejos, donde no se camine mirando detrás del hombro.

Orate, se decía a sí mismo Javier Valdez. Orates todos nosotros, que seguimos contando las historias de quienes no tienen otra forma de contribuir a la memoria histórica, más que reviviendo cada suceso que les destrozó la vida. Este es un libro sobre orates, que hacen de México un país donde aún sobrevive la humanidad.

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